sábado, 22 de julio de 2017

En julio que se fue...

Debe existir una razón para detenerse a mirar cuántas estrellas se han ido apagando en el cielo, debe existir una razón para que ellas se apaguen y se pierdan en la inmensidad del firmamento y también para saber la razón de que haya otras nuevas que han comenzado a brillar. La vida tiene un poco de eso: de dulce y agraz, de la inmensidad y lo particular... De cuantificar la razón y de también de aquello que solo se vive. sin embargo, debo reconocer que también se trata de proyectos en continua construcción, marcado por aciertos o errores, produciendo aquello que denominamos aprendizajes y nos hacen mejores personas –en el mejor de los casos–.

Las formas en que buscamos el amor y las relaciones sociales, constituyen aquello que hemos construido, convergiendo en una suma de coincidencias que no tienen que ver con el azar. Finalmente, la sociedad constituye una suma de sujetos (y subjetividades), como muestra de lo que somos nosotros mismos. Es también la forma de comprender nuestra finitud e inmanencia en el tiempo, aquellas estrellas que siguen encendidas por millones de años, sin molestar y esperando que algún día también les llegue su hora, pero que de alguna forma no han resuelto el motivo de su brillo.

Por otra parte, las pérdidas también reflejan una parte propia de nuestro ser, nos abren caminos que nos llevan a una secreta intimidad, como muestra de un vacío que o se puede determinar. Por eso mismo, es enfrentarse a un vacío propio, una carencia o simplemente una ausencia que ha dejado de resplandecer... La caída libre a la que tememos, pero, a la vez, estamos dispuestos a enfrentar.

Algunos vacíos dejan sus destellos entre los recuerdos que logramos ordenar,  a veces, solo con el fin de darle un sentido a la existencia, inversamente proporcional al vacío propio de la existencia.
En ese sentido, la noche es, en parte, un reencuentro permanente con la ausencia y la nostalgia. Esa mezcla extraña entre la luz que se ha ido y la luz que está por venir, nos transporta a la vida cotidiana y el mundo de la vida. Es el momento en que se despojan las máscaras construidas a lo largo del día, en un acto de sinceridad y amor propio (si algo queda), desprendiéndonos de un mundo vertiginoso y sin sentido, paradójicamente darle una orientación a nuestra existencia.

finalmente, para darle algo de sentido a todo aquello que pasó, incluso lo inacabado... porque., incluso ello, forma parte de cada uno de nosotros...
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