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domingo, 17 de marzo de 2013

Viajes (Parte I)

Uno de los temas recurrentes en mi historia personal, es y han sido los viajes. Tanto como tema literario, vivencias, experiencias y aprendizajes. Cada uno de ellos, encierran un cambio y el paso de un estado a otro. Un lugar que hemos dejado atrás, para dar abrir otros lugares. Como si todo fuera un sistema integrado, basado en el devenir y el porvenir.

El devenir se entiende como el paso de un estado a otro, en un sentido filosófico de cambio y proceso, mientras que el porvenir es más bien un suceso futuro que aún no ha sucedido. De ese modo, nuestra vida se convierte en un constante proceso, sujeto a instancias de cambio, y con la esperanza que  un "algo" suceda.

Hace tiempo dejé de creer en la predestinación. Sin embargo, no he dejado de pensar en que, tal vez, exista una misión que debemos cumplir; una meta a la que debemos, al menos, hacer el intento de llegar. Nuestra vida se convertiría en un constante búsqueda de algo, que no sabemos si existe, como darle un sentido a algo que no lo tiene, o que lo tendría en la medida que el pasado no fuese un estorbo.

Desde la psicología y otras ramas asociadas, prefieren llamar al eterno viaje humano, como evolución, crecimiento e incluso "madurez", pero personalmente prefiero no usar el término madurez en las personas, ya que no somos frutas que están listas para caer de un árbol. El crecimiento implica costos, que se superan en la medida que recorremos un camino; que a ratos se hace agotador, y que no posee una meta específica más que la de existir y aprender de cada paso. La vida entonces implica una evolución, como parte un proceso abstracto de valoración personal.

Principito
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